Un psicólogo de prisiones explica cómo trata a asesinos y violadores. Por Matern Boeselager; traducción de Mario Abad

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Un psicólogo de prisiones explica cómo trata a asesinos y violadores. Por Matern Boeselager; traducción de Mario Abad

Tomado de Infobae
http://www.infobae.com/america/vice/2017/07/10/un-psicologo-de-prisiones-explica-como-trata-a-asesinos-y-violadores/
“Tengo que sentir aprecio por mis pacientes; si no, no podría trabajar con ellos”.
Uwe Kazenmaier se reúne a diario con un buen número de asesinos, violadores y delincuentes violentos. Aunque los delitos que han cometido son distintos, todos ellos tienen algo en común: el Gobierno alemán los considera lo suficientemente peligrosos como para no solo encerrarlos en prisión, sino también para someterlos a terapia psicológica. Como psicólogo de la Institución Terapéutica Social de una presión de Berlín, Kazenmaier está a cargo de las sesiones terapéuticas con estos presos.
La terapia psicológica intensiva para delincuentes violentos es un método que se emplea en Alemania desde la década de 1970 y su objetivo es evitar que los reos vuelvan a delinquir una vez puestos en libertad. El método parece funcionar: las estadísticas demuestran que en los sujetos que han recibido terapia social, existen tres veces menos posibilidades de reincidencia que en el resto de casos.
El módulo en el que trabaja Kazenmaier está separado del edificio principal, pero sigue siendo una prisión. Sin embargo, aquí se permite a los reclusos pasear libremente por los pasillos incluso de noche y las celdas no se cierran. Aunque oficialmente no está permitido, los presos incluso pueden visitarse unos a otros. “Para el personal de la clínica es interesante observar cómo se comportan los pacientes, una vez que hemos trazado claramente una línea”, me explica Kazenmaier mientras me conduce por uno de los pasillos. “¿Alguien va a decidir cruzar esa línea o no?”. Su despacho se encuentra justo al lado de las celdas de sus pacientes, y es allí donde se desarrolló la siguiente entrevista.
VICE: ¿Alguna vez tienes miedo de tus pacientes?
Uwe Kazenmaier: La mayoría de los psicólogos seguramente te dirán que no temen a sus pacientes, sino que los respetan, pero si te soy totalmente sincero, por supuesto que sentimos miedo. Si les diera por hacer algo, no tenemos ninguna posibilidad. Si tú y yo fuéramos andando por este pasillo ahora mismo y cinco presos quisieran matarnos de una paliza, nadie podría ayudarnos. Da igual lo rápido que actives las alarmas, los guardias no llegarían a tiempo. Pero bueno, sería incapaz de trabajar aquí si tuviera siempre el miedo instalado en el cuerpo.
¿Y alguna vez has corrido peligro?
Bueno, me he sentido amenazado. Hace unos años, al antiguo gerente de esta institución lo agredieron con unas tijeras en el pasillo. Los guardias a veces también sufren agresiones, pero son casos excepcionales. Los hombres que hay aquí no están locos, son delincuentes, por lo que son muy conscientes de lo que pueden perder.
¿Consideras que los delincuentes violentos merecen recibir terapia psicológica financiada por el estado?
No lo hacemos por ellos, sino por la sociedad. Nuestro objetivo no es conseguir que los presos sean más felices, sino menos peligrosos. En cualquier caso, una cosa lleva a la otra. Pero el hecho de que un preso tuviera una relación complicada con su madre solo es relevante si ello lo convierte en un peligro para la sociedad.
¿Cuánto tiempo necesitas para convertir a un delincuente en un ciudadano ejemplar mediante terapia?
Aquí los tratamientos generalmente duran tres años. Al principio, los pacientes suelen acudir con una mentalidad muy negativa. A nadie le gustan los psicólogos. Diría que los primeros seis meses los dedicamos solo a conocernos mutuamente. Después ya empezamos a hablar del delito por el que acabaron aquí.
¿Les cuesta hablar de ello?
Muchas veces tengo que explicarles que solo ellos son responsables de sus actos, hacerles ver lo peligrosos que son. Muchos justifican lo que han hecho diciendo que les provocaron, que solo fue una bofetada de advertencia, o que había tanta gente en el andén que no les quedó otro remedio que empujar a aquel tipo a las vías. O mi excusa favorita: “Estoy aquí solo porque me han delatado”.
Luego pasamos a hablar de sus vidas en el momento en que cometieron el delito. Intentamos buscar factores de riesgo, influencias externas como el alcoholismo o el desempleo, pero también posibles problemas personales. Con esta información, tratamos de reconstruir sus vidas procurando minimizar todos esos factores.
¿Cómo te ganas a los pacientes que están convencidos de que no necesitan ayuda?
Muchas veces recurro a sus propios sistemas de creencias. Con los musulmanes, por ejemplo, uso el Corán, del que ignoran muchas cosas. Juntos, llegamos a la conclusión de que no puedes abrir un puesto de comida rápida ni comprarle un regalo a tu hijo con dinero robado, porque el Corán considera que eso es haram, que está prohibido.
Hago lo mismo con los neonazis: hablamos de las “virtudes de los alemanes”, como la disciplina, el trabajo duro y la puntualidad. Luego repasamos su vida diaria con una lista de elementos: nunca ha trabajado, nunca limpia la celda, siempre llega tarde, etc. Son formas de iniciar una conversación con las que consigues captar la atención de tu interlocutor.
¿Qué haces en esos casos?
Tienes que ser persistente, repetir una y otra vez que están en prisión por el sufrimiento que han causado, por el niño al que han hecho daño. Si un preso te dice que se limitó a darle “solo una bofetada” a su víctima, saco fotos de su víctima y le pido que mire las fracturas de pómulo o los hematomas que le causó con “solo una bofetada”.
¿Qué sientes cuando te pones delante de un asesino?
Obviamente, lo que han hecho me parece horrible, pero con el tiempo he aprendido a distinguir entre las personas y sus actos en la medida de lo posible. Tengo que sentir un mínimo aprecio por mis pacientes; si no, no podría trabajar con ellos.
¿En serio? ¿Tienes que apreciarlos?
Sí, porque perciben cuándo te interesas de verdad por ellos o simplemente finges interés. Eso no significa que vaya dando mi número de teléfono a los pacientes, sino que procuro ser franco con ellos. Si quiero que me respeten, he de respetar.
Pero ¿cómo llegas a conseguir sentir aprecio por un asesino o un violador?
Cuando conozco los acontecimientos de la vida de un paciente, muchas veces hay un punto en que, de joven, ese paciente tuvo una mala vivencia. Hay veces en las que incluso me compadezco de él. Ojo, esto no justifica lo execrable de sus actos. Es una forma de tratar de entender las correlaciones. ¿Cómo terminó ese muchacho al que siempre daban palizas en el colegio siendo él el que daba las palizas? Digamos que, de algún modo, puedo ver a ambos: al hombre que ha cometido esos delitos tan horribles y al muchacho del que me compadezco. En casos muy puntuales, no consigo establecer esa conexión. Solo entonces decido no trabajar con esos pacientes.
¿Recuerdas algún caso en que te haya ocurrido eso?
Hace unos años, llegó un paciente que abusaba de bebés. Yo había sido padre hacía poco y me acababa de incorporar de la baja por paternidad, por lo que en ese momento rechacé visitar a ese hombre, aunque lo hice pasados seis meses.
¿Cómo procedes cuando alguien a quien has tratado reincide?
Ocurre con frecuencia, pero pese a ello, sigo muy convencido del valor de mi trabajo. En primer lugar, porque siempre es positivo saber que un exdelincuente no va a hacer daño a más víctimas. Y también porque compensa. Un reincidente supone un gasto tremendo para la sociedad. Con que consiga que dos personas al año dejen de delinquir, ya he ahorrado al estado más de mi salario anual. He reinsertado a más de 100 personas y muchos de ellos me llaman para decirme lo contentos que están de haberme conocido.
¿Ha habido algún caso concreto que te haya dado esperanzas?
Hace unos años traté a un líder skinhead, muy conocido en su ambiente. Al principio no soportaba nuestras sesiones, pero pronto empezaron a hacer mella sus beneficios. Una vez entró un joven neonazi y empezó a alardear delante del veterano sobre la paliza que le había dado a otro recluso. Mi paciente se lo quedó mirando y le dijo, “De joven era igual que tú. En casa mi padre me daba puñetazos en la cara. Un día me puse las botas y salí a la calle, dispuesto a hacer que fueran otros los que lloraran por mí”. Todavía se me pone la piel de gallina cuando pienso en ello. No era un tipo especialmente culto, pero aquello fue todo cosecha suya.
¿Qué es lo más importante que has aprendido de este tipo de delincuentes en todo este tiempo?
Que son muy diferentes del resto. Muchos de sus actos no se alejan mucho de lo que nosotros habríamos hecho si hubiéramos tenido sus mismas vivencias. Durante todos estos años siempre me ha rondado la misma pregunta: ¿qué me hace distinto de ellos? Nunca sabes en qué momento podrías cruzar esa línea. ¿Cómo reaccionaría si perdiera el trabajo, atropellara a alguien de camino a casa y luego encontrara una nota de mi mujer diciendo que se ha llevado a los niños y todos los muebles a casa de su madre? ¿Cuánto es capaz de soportar una persona?
Publicado originalmente en VICE.com

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